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6 de mayo de 2010

Pisaura mirabilis


Araña muy frecuente en nuestros prados.
Jardín Botánico de Gijón, abril de 2010. Cerca del Soplao, Cantabria, noviembre de 2013.







Saramago aborda menos cuestiones filosófico religiosas en esta obra que en la posterior "Caín". En ambas, es cierto, los míticos protagonistas discuten de tú a tú con el creador y rebaten con argumentos simples y humanos -a la par que poderosos- las decisiones divinas. Caín cuestionará muchas incoherencias; Jesucristo se centra en el bien y en el mal, en la culpa y en la voluntad, es decir, en la libertad de decisión tan contradictoria con la omnisciencia de la suprema deidad.
Sin embargo, los dos resaltan sobre todo la crueldad del ente que decidió, soplando sobre el barro, inventar la humanidad. Así tiene sentido la prolija descripción de lapidaciones, aserramientos, crucificaciones o quemaduras recibidas de la a a la z por el futuro santoral, o constatar el desangre de las innumerables guerras que utilizan como arma afectiva las creencias religiosas. Incluso sacrifica al propio hijo.
Cuando se publicó, el escándalo mayor resultó por constatar la convivencia carnal de Jesús con María de Magdala. Quizás para ocultar las preguntas más duras ¿Qué culpa tengo yo de que mi abuelo haya desobedecido? ¿No habrá otras formas de reparar el mal original diferentes a seguir causando daño en inocentes? ¿Cómo éste dios es tan vengativo y rencoroso, que no es capaz de perdonar a satán, y así, de golpe, eliminar todos los pecados pasados y futuros? Dios no contesta.
Saramago no precisa esforzarse en utilizar el realismo mágico supuestamente inventado por los autores del cono sur. Sólo tiene que aplicar su peculiar estilo, que refuerza los sentires humanos, a unos evangelios milenarios abundantes en prodigios.

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