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11 de febrero de 2013

Thalictrum minus. Ruibarbo de pobres.







El nombre vernáculo está recogido en una página de flora murciana, pues en el Proyecto Anthos no figura ninguno. Fotografiado en la Farrapona, Somiedo, agosto de 2012. Puertos de Agüeria, agosto de 2013.
Lo más llamativo (y difícil de fotografiar con la mínima brisa) son los estambres colgantes.





Crónicas de la intervención, desde la Comunidad del Subordinado, regida por el Gobiernín Colaboracionista

Carnaval, febrero de 2013

Con mi padre, el Fíu de la Roxa, nunca hablé directamente de la Ocupación, ni de le época dictatorial de la misma en la que le tocó crecer. Era un hombre prudente que aprendió a disimular nombrando a unos y otros como “estos son de los míos” y “estos no son de los míos”. A su madre, la Roxa,  le pegaron un tiro –afortunadamente no mortal- los ascendentes de la secta Larus, quizás buscando a su padre, el Cazurru, que se les estaba enfrentando con las armas. Tuvieron que pasar a vivir en una cuadra hasta que les recogieron unos tíos en una casa del barrio, 50 metros cuadrados para tres familias. Y eso le quedó grabado para decidir quiénes eran los amigos y los enemigos. Pero con reserva, puesto que también se le fijó el desdén del padre –convertido en un bicho aislado y raro- hacia su madre los años posteriores, a la que no aportaba dinero y con lo que no llegó a casarse. La Roxa quedó sin pensión de viudedad y con sesenta años hubo de ponerse de nuevo a carretar pescado. De los seres que se enfrentaron a la Ocupación también había que cuidarse.
Hoy me fui al encuentro de Alberto a la hora de su tercer vino, empinado en el bar más cercano al ambulatorio, y al que no suele acudir el resto de personal en la pausa del desayuno para no tropezarse con las cucarachas. Evito ir tarde en su busca, mentiras no cuenta pero me cuesta entenderle pues mezcla demasiadas historias. La de hoy me sugiere que la resignación ante la Intervención se introyecta en los jefes igual que la Ocupación y este es un ejemplo.
Una de las jefas de enfermería rebate con jovialidad a la “protestona” de turno:
-Si tenemos trabajo ¡de qué nos quejamos!
            -Trabajo tenemos nosotras, viendo pacientes, no los que pisan las moquetas en los despachos y nos asignan más de lo conveniente para evitar errores…-replicó la ATS con la que se entretiene Alberto mientras salía del despacho enfurecida.
            O una anécdota similar, mi atención estaba dirigida a la información reservada en el iphone: el Papa había renunciado a su mandato. Dejé a Alberto con el pincho de tortilla en la boca. En casa no tenía más mensajes y me puse a redactar el siguiente informe del seguimiento.

“Arlequín -no sabe que lo llamo así, y auque así fuera puede que ignore que su nombre es el símbolo de estas fiestas- se protege del granizo con un elegante paraguas. El anterior, también con buena pinta, lo tiró en una papelera a la tercera vez que se cerró solo, algún defecto en el enganche impedía al esqueleto de varillas sujetarse al palo. Lo comprobé después de un rápido examen y el chasco posterior. En Alimerka siempre paga, y las escasas veces que lleva vino escoge un reserva,  jamás un brick de Don Simón. Así queda encasillado en la categoría de “raro, pero no chorizo” en la clasificación de las cajeras, a las que por otra parte tampoco mira como viejo verde. Desapercibido pues, tras recoger el cambio puede afanar con disimulo en el paragüero de la entrada uno seco, olvido casi seguro de un cliente días atrás. Por si acaso.
Entre chaparrón y chaparrón camina detrás de las charangas uniformadas con chubasqueros de colores. Las caderas anquilosadas de los mayores imitan los bailes brasilerios con más gracia que las de algunos jovenzuelos, que sólo dan pasos de borracho en marcha militar. Los disfraces espectaculares quedan para el desfile, no se pueden mojar hoy.
En el tumulto alrededor de la estatua del primer rey antes de la Ocupación, lo perdí de vista”.

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