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14 de septiembre de 2011

Aeolidiella sanguinea



Nudibranquio de pequeño tamaño, en el pedreru gijonés. Identificado en Asturnatura. Setiembre de 2011.


“El idiota moral. La banalidad del mal en el siglo XX”. Norbert Bilbeny.
Finalista ex­­-aqueo del XXI Premio Anagrama de Ensayo, 1993.

El autor propone que el idiota moral es un incapaz para distinguir entre el bien y el mal, por muy inteligente que sea, y puede ser desde un asesino de masas a un psicópata. De ahí los grandes genocidios del siglo XX, soportados por una población tan insensible como él. “El idiota moral no percibe la dualidad en uno mismo que hace sentir el pensamiento”, es decir, no reflexiona sobre el sentir. El castigo para él no debería ser la cárcel, sino la escuela.
Así sobre la marcha se me fueron ocurriendo unas cuantas críticas, aunque la mejor, de los clásicos, la dejo para el final. La primera sería que los historiadores bien conocedores de otros siglos podrían hablarnos de genocidios en todas las épocas, no es una característica de este siglo XX recién terminado. La diferencia no está en la cualidad,  esencia de lo que luego disertará el autor, sino en la cantidad y en la disponibilidad de armas más destructivas. Si ellos las hubiesen tenido…
En otro orden de cosas y atendiendo al individuo concreto supuestamente idiota moral, el autor basa su tesis en el estudio psiquiátrico de los psicópatas, pero confunde y mezcla dos tipos bien estudiados en psiquiatría: el psicópata o sociópata y el ahora llamado trastorno límite de la personalidad; habla de la impulsividad del psicópata, mas propia del trastorno límites y contradictoria evidentemente con la frialdad calculadora del primero. Si partimos ya de conceptos erróneos, a mal puerto llegaremos en las conclusiones.
Ciñéndonos a la psicopatía sugiero que estos individuos conocen perfectamente los conceptos de lo que está bien y lo que está mal para la sociedad. Saben lo que dicen las leyes y por ello tratan de escapar de ellas, otra cosa es que no les importe nada, pues carecen de la empatía necesaria para reconocer en el otro un humano como él. Más que idiota sería un egoísta moral. Hace lo que le place sin importarle el sufrimiento de los otros. Y no podemos confundir estos casos con los genocidas militares o políticos: estos suelen tener una familia a la que adoran y cuidan, sólo odian al enemigo. Y tampoco podemos generalizar esta apatía moral al resto de la población, que se puede insensibilizar ante el mal, también tienen muchos amigos y familia a la que quieren; mezclar explicaciones sociológicas y psicológicas no suele llevar a buen puerto…
Afortunadamente, y antes de escribir esta reseña, comencé a leer un excelente libro de texto: “Historia de la filosofía”, redactado por un montón de profesores que se agrupan en la Sociedad Asturiana de Filosofía. Y dicen de Sócrates: “Se suele llamar intelectualismo moral a aquella doctrina socrática que identifica la virtud moral con el conocimiento (…) Sócrates mantiene que si sabiendo lo que es bueno no lo realizamos o sabiendo lo que es malo lo realizamos entonces es que realmente no lo sabíamos. Si la virtud es conocimiento y conocer realmente el bien implica hacerlo, a la inversa, hacer el mal obedece a la ignorancia y por lo tanto es involuntario. Esto implica que nadie obra mal voluntariamente sino por ignorancia, y que por tanto, al delincuente no habría que llevarlo a la cárcel sino a un centro de enseñanza” Como se puede ver, la misma tesis que ahora plantea Bilbeny, pero hace unos cuantos miles de años. Aristóteles lo refutará más tarde, argumentando entre otras cosas, que no solo con el conocimiento podemos adquirir la virtud y que Sócrates ignora la parte irracional del alma negando la debilidad o incontinencia. Con ese autocontrol, en realidad renunciar a placeres, también alcanzamos la virtud.   
Hoy en día las tesis científicas están más cerca de Aristóteles que de Sócrates (Léase por ejemplo a Damasio a Goleman sobre la inteligencia emocional). Somos conscientes de las dificultades para “tratar” a los psicópatas. Por muchos discursos que les damos sobre la maldad y la bondad no corrigen sus conductas. El problema está no en el pensar sobre el sentir, sino esa ausencia profunda del sentir hacia los demás (no la particular y accidental que los demás podemos tener).  Hasta ahora, no sabemos muy bien por qué, no sabemos explicar tal carencia y cómo solucionarla. No se enseña a sentir.

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